Serra

Esta semana me he escapado de Valencia ciudad para pasar unos días en la sierra, en un pueblecito tranquilo a las afueras. Necesitaba aire, silencio, y un poco de naturaleza después del ruido y las prisas de la ciudad.

El vuelo aterrizó casi al amanecer. Desde la ventanilla, las nubes parecían un mar suave de algodón, y el motor naranja del avión cortaba el cielo azul. Ya solo con esa vista sentí que el viaje había empezado bien.

Serra

El pueblo está a menos de una hora de Valencia, pero parece otro mundo. Casas con balcones de hierro forjado, callejuelas que suben y bajan, una iglesia con su cúpula azul, y la montaña vigilándolo todo desde el fondo. Por las mañanas casi no se ve a nadie en la calle — solo el sonido de los pájaros y alguna persiana que se abre.

Nos pasamos también por el centro del pueblo, y se notaba que estábamos fuera de temporada — apenas había turistas, casi todo el mundo era de allí. Las terrazas medio vacías, los bares con los parroquianos de siempre, y ese ambiente tranquilo que ya no encuentras en Valencia ciudad. Nos sentamos a tomar una caña, sin prisas, viendo pasar la tarde. De esas cañas que saben mejor justamente porque no tienes que hacer nada después.

Salir a correr por la mañana.

He aprovechado para hacer un poco de footing cada mañana. Salir a correr aquí no tiene nada que ver con hacerlo en la ciudad: el aire es más fresco, hay cuestas que te ponen las piernas a tono enseguida, y el premio al final es la vista del valle. Nada de semáforos, nada de tráfico, solo el ritmo de tus pisadas.

Uno de los mejores momentos fue recoger limones del huerto. Mirad qué tamaño tienen — son auténticos, con su piel rugosa y un olor a limón de verdad que en el supermercado ya no encuentras. Limonada fresca, ralladura para postres, y unos cuantos para llevarme a casa.

Una semana ha sido justo lo que necesitaba. Pequeñas rutinas — correr al amanecer, café tranquilo, paseo al pueblo, recoger fruta — que en la ciudad parecen imposibles. Vuelvo a Valencia con las piernas cansadas, una bolsa llena de limones, y la sensación de haber respirado por fin.